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  • Trabajar en el ministerio de la muerte

    Hace unos meses nos convertimos en eso, en un hashtag que pretendía resumir lo que somos y lo que hacemos.

    Mientras eso sucedía, en el equipo nos preguntábamos: ¿acaso no le hemos quitado el dolor al menos a una persona?, ¿no existe algún niño que nació prematuro que hoy está en los brazos de sus padres creciendo y llevando una vida normal?, ¿no hemos salvado ni una sola vida?

    Ayer, 7 de octubre de 2019, mientras la mayoría de personas «evacuaba» la Plataforma Gubernamental de Desarrollo Social, hubo un grupo que se quedó, se quedó hasta que el día acabe. Mientras los escasos policías que quedaban rodeaban el edificio, nuestro equipo trabajaba.

    Hoy les hablaré de los equipos que se quedan cuando todos se han ido. Los que aguantan hasta el final.

    «Salud siempre corre del lado contrario al que corre el resto de gente» hablábamos hace meses con mi jefe grande después de un tiroteo en la puerta de emergencia de un hospital. Si nosotros nos vamos, ¿quién hará nuestro trabajo?

    Ayer, mientras la movilización de indígenas avanzaba al sur de Quito, los equipos de las direcciones nacionales de primer nivel, hospitales, atención prehospitalaria, centros especializados, discapacidades y el proyecto de discapacidades, se quedaron hasta el final del día. Nos dijeron a todos que primero salvaguardemos nuestra integridad y que si eso significaba irnos, pidamos permiso cargo vacaciones, de los 15 que ahora tenemos, pensaba yo, indignada.

    ¿Vale la pena quedarse? es la pregunta.

    De regreso a casa todo fue una aventura. Nunca sentí tanto miedo en mi vida. Le falta calle, dirán algunos. Correr, solamente correr y acercarme a casa. Gente gritando, palos, piedras, gases, motos, el «trucu trucu», que solamente había visto en noticias, pasaba haciendo su conteo regresivo y acelerando a toda velocidad.

    Reporte de nuestros equipos en territorio: establecimientos cerrados por las protestas, profesionales que no llegaron a sus lugares de trabajo y apoyaron en otros, ambulancias y paramédicos agredidos, personas muertas porque los equipos no pudieron pasar. Y ahí, al pie del cañón porque salud no para nunca, porque corremos al lugar del que todos huyen.

    Hoy, mis compañeros se levantaron de nuevo y aunque no nos han «autorizado» hacer base en centros de salud cercanos a nuestros domicilios a menos que sea por cargo vacaciones, llegaron a la Plataforma Gubernamental de Quitumbe para desde ahí apoyar a los equipos que se están partiendo en todo el país. El regreso es tan incierto como los días previos. Más de uno podría ser notificado de su salida en estos días, por los recortes de personal, pero ahí están, jugándosela entera por aquello que nos mueve y nos inspira.

    Ojalá nos cuidaran.

    Va por ustedes, compañeros del día a día. Va por ustedes que hacen que no entremos en un hashtag.

     

  • ser médico

    Es posible que durante el proceso de formación médica, en algún momento nos hayamos encontrado con aquel texto en el que Esculapio le pregunta a su hijo si quiere ser médico. El escrito termina siendo una dura confesión sobre lo que implica asumir el papel de profesional sanitario en la sociedad, sin importar la época en la que estuviéramos, sus palabras son certeras, sobre todo cuando dice: “Tu vida transcurrirá como la sombra de la muerte, entre el dolor de los cuerpos y de las almas”.

    Entre colegas sanitarios es muy común que nuestras conversaciones giren entorno a historias de nuestra vida profesional, historias que nos resultan gratificantes y otras tristes. Así nos descubrimos impotentes ante el dolor o a lo inevitable, la muerte, que sin piedad nos han mirado tantas veces a los ojos.

    ¿Dónde quedan las historias de aquellas vidas que tocamos?, porque las vidas se tocan, se sienten, se palpan, creería yo. Es por eso que la profesión sanitaria involucra más que aquello que está escrito en los libros. Porque cuando duele el cuerpo, la ciencia ayuda, pero cuando duele el alma, ¿cómo la aliviamos?

    John Sassal era el médico rural de una comunidad inglesa. Es posible que nunca nos hubiéramos enterado de su vida si Jhon Berger no hubiera llegado a su consultorio en busca de aliviar su dolor.

    Cuán hondo calaría Sassal en la vida de las personas de su comunidad, que un día, uno de los amigos de Berger, paciente también de Sassal, le pidió que escribiera un libro sobre aquel médico rural. “Tú sabes que este hombre es notable”, esa sería la razón de peso para escribir sobre alguien que todos los días dedicaba su vida a ser médico; sin embargo, aumentó más peso a su petición y le dijo: “pero un día nadie sabrá de él. Su bondad tendrá consecuencias, por supuesto, pero a menos de que escribas sobre él, los detalles específicos de su vida y su actitud desaparecerán”. [1] Un hombre afortunado es un libro que se publicó en 1967, luego de que Jhon Berger (escritor) y Jean Mohr (fotógrafo) acompañen a Sassal en su labor diaria como médico.

    Aunque han pasado 52 años desde aquella publicación, Berger logró que aquel médico rural no desapareciera, sino que se quedara para siempre. No son la bata y el estetoscopio los que hacen que Sassall sea inolvidable, sino todo aquello que está detrás de estos instrumentos tan característicos de su profesión. Son el ser humano y su vocación de servicio, su interés por la comunidad, su vida más allá de lo que Esculapio profesaba, más allá de la muerte y el dolor.

    Qué interesante resulta observar a los profesionales sanitarios desde los ojos de aquellos cuya profesión no se vincula con la salud. Es posible que nuestros no colegas sean menos estrictos que los sanitarios, que casi siempre nos juzgamos por el prestigio, el éxito de nuestras intervenciones y las publicaciones en revistas de alto impacto, mientras que aquellos que no son nuestros colegas hurgan en los seres humanos que somos mientras luchamos por preservar la salud de aquellos que nos la han confiado.

    Sin embargo, es importante mirarnos, por ejemplo, como lo ha hecho Henry Marsh en Ante todo no hagas daño.

    Marsh, un prestigioso neurocirujano británico a punto de jubilarse, decide hacer un análisis del camino recorrido durante su práctica profesional. Su libro resulta ser la compilación de varias historias escritas a lo largo de su carrera, que terminan como una confesión del ser humano detrás del bisturí. Descubrirse imperfecto en la toma de decisiones, los errores, las vidas salvadas y las golpeadas. La mayor confesión de todas posiblemente es: “Saber cuándo no hay que operar es tan importante como saber operar”.

    Primum non nocere es una frase que conocemos mucho en el ambiente sanitario, representa el compromiso que asumimos, uno de los tantos que asumiremos durante nuestras actividades profesionales, pero seguro el más importante.

    La sensación de acompañarlo durante cada historia, en sus conversaciones con sus pacientes, sentir el temor que él siente al hablar con los familiares de los mismos. Casi tomar el bisturí sobre nuestras manos, abriéndonos paso por aquel universo que es el cerebro. Sentirlo colega, ser colegas.

    Evidentemente la práctica sanitaria nos exige compromisos importantes frente a la sociedad. Velar por la salud y la calidad de vida de quienes nos eligen es un deber que asumimos sin titubear.

    Son las vidas las que se transforman, no solamente la de los que acuden a nosotros con el afán de aliviarse sino las nuestras que palpan los cuerpos y las almas. Son las historias vividas diariamente las que nos emocionan, nos marcan para siempre y nos inspiran a ser mejores.

    “Se dice que con el tiempo los ordenadores terminarán diagnosticando mejor que los médicos” (Berger, 1967).

    Hace cincuenta y dos años ya se sospechaba que la tecnología podría quitarnos aquello tan valioso de la profesión sanitaria, que es el vínculo entre el profesional y el paciente. El compromiso será seguir palpando las historias, aliviando los dolores, celebrando la vida, solamente así seguiremos siendo mejores que todo aquello que la tecnología ofrece, porque como dice Gregorio Marañón: “Solo se es médico con la idea clavada en el corazón de que trabajamos con instrumentos imperfectos y con medios de utilidad insegura, pero con la conciencia cierta de que hasta donde no puede llegar el saber, llega siempre el amor”.


    Bibliografía:

    [1] Traducido desde el inglés.
    1. Berger, J. (1967). Un hombre afortunado. Barcelona, España. Alfaguara.
    2. Francis, G. (7 de febrero de 2015). John Berger’s A Fortunate Man: a masterpiece of witness. The Guardian. Recuperado de: https://www.theguardian.com/books/2015/feb/07/john-sassall-country-doctor-a-fortunate-man-john-berger-jean-mohr
    3. Marsh, H. (2016). Ante todo no hagas daño. Barcelona, España. Salamandra.
    4. Reverte, J. M. (1983). Las fronteras de la medicina. Límites éticos, científicos y jurídicos. Madrid, España. Ediciones Díaz de Santos.
  • Carlos López ¡Inocente!

    Carlos López ¡Inocente!

    «Si puedes curar, cura. Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela».

    Ese fue el mensaje que nos regaló el día que finalizamos nuestro internado.

    Pero ese no fue su único regalo, y tampoco fue el primero. Ya hace mucho tiempo atrás su ejemplo fue lo más valioso que recibí de él.

    Pasaba visita a sus pacientes dos veces al día, muy temprano en la mañana y por la noche. Llegaba siempre a emergencia cuando lo llamábamos.

    Un domingo lo sacamos de «la Casa Blanca», era una emergencia. Llegó luciendo la camiseta de su equipo favorito «la Liga», fue la única vez que intenté no darle un abrazo al momento de saludarlo, le dije que si lo hacía yo tendría una reacción alérgica. Nos abrazamos y fuimos a buscar al paciente.

    Así lo conocí, buscando a sus pacientes. Persiguiéndolo por los pasillos de hospitalización. «Ayudándole» en emergencia.

    Jamás olvidaré aquella vez que fuimos a visitar a uno de todos aquellos pacientes a los que les quitó el dolor. Una vez que le preguntó cómo se sentía, le pidió a los familiares del paciente que se acerquen porque iba a explicarles lo que hicieron en la cirugía. Sacó un iPad y empezó a dibujar el procedimiento.

    Él no sabía eso, no sabía que yo lo valoraba y admiraba por esos detalles más que por su fama y prestigio, que yo sabía que él tenía.

    Aprendí de él mucho, aprendí aquello que ni los libros más famosos de cirugía dicen. Aprendí de su ejemplo y su compromiso permanente asumido con su profesión.

    Vi en él a ese maestro y guía. En aquellos días donde mi sueño era ser cirujana, veía en él lo que quería hacer y ser.

    Nos convertimos en grandes amigos.

    Pasaron los años y aunque yo había descubierto mi amor por la Salud Pública, no tenía el valor de decirle que ya no sería parte de sus afortunados discípulos. Una tarde le escribí para saber si podía visitarlo y conversar. Pasé por el consultorio y fuimos a tomar un café del otro lado de la calle. Le conté que apliqué a un master en Salud Pública, y me felicitó. Y al final, fue él quien me dijo: ya no quieres ser cirujana, ¿no?. Ya te enamoraste de la Salud Pública. Sentí que me quitaba un peso de encima cuando se lo pude decir. Y me dijo: no importa lo que quieras hacer. Si es Salud Pública, lo que importa es que seas la mejor.

    Después de hablar de su familia y la mía, de su trabajo y el mío, pregunté lo que le preguntaba siempre después de mi internado, ¿cómo va lo del juicio?. Me miró y me dijo, seguimos luchando Niche, seguimos luchando. Le pregunté si tenía miedo y me dijo que no, porque era inocente. Y siguió diciendo: no dejaré que una injusticia me robe mi felicidad, mi trabajo, mi vida.

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    Pero el 12 de enero de 2017, escribió:

    En este momento me acaban de detener por el caso Mazoyer! Perdí mi libertad por tratar de salvar una vida! Debe ser esto lo que llaman justicia en mi país

    Y ese día perdió la libertad aquel que me enseñó a ser mejor médico, y que me lo enseñó con su ejemplo y dedicación. Pero eso no importa en los juzgados, no cuando la justicia deja de ser garantía. Ni las vidas salvadas, ni los testimonios, ni las mismas pruebas que refutan el motivo de sentencia.

    ¡Perdemos todos, pero más él! Porque mientras yo escribo esto que él ya no lee, él… ¿qué será de él?

  • «Invictus»

    «Invictus»

    Era una clase, de esas que disfruto tanto. Hablábamos de la importancia de ser un líder en lugar de ser un directivo, simplemente.

    La profesora se acercó a la computadora y dijo: ahora vamos a ver extractos de una película para identificar aquello de lo que hemos hablado durante las clases.

    Ya cuando todos nos metimos en la película y nos olvidamos que era una clase, empezó de nuevo la clase.

    La película es «Invictus», no la había visto antes, nunca supe de qué iba y por eso no me llamaba la atención. Pero después de aquella clase decidí que era uno de mis pendientes.

    La vi esta madrugada, mientras peleaba nuevamente con mi mal hábito de sueño.

    Más allá de la gran historia en la que se basa la película, hoy quiero escribir sobre aquello que me sacudió profundamente.

    Un poema, tan «simple» como eso.

    El poema que acompañó a Nelson Mandela durante todos aquellos años que estuvo en la cárcel.

    Lo escribió William Ernest Henley y se llama «Invictus».

    Out of the night that covers me,
          Black as the pit from pole to pole,
    I thank whatever gods may be
          For my unconquerable soul.
    In the fell clutch of circumstance
          I have not winced nor cried aloud.
    Under the bludgeonings of chance
          My head is bloody, but unbowed.
    Beyond this place of wrath and tears
          Looms but the Horror of the shade,
    And yet the menace of the years
          Finds and shall find me unafraid.
    It matters not how strait the gate,
          How charged with punishments the scroll,
    I am the master of my fate,
          I am the captain of my soul.
    Y me sentí identificada y por eso lloré, porque uno de vez en cuando se encuentra en las letras, en la música, en algo más que en el simple espejo.
    ¡Cuánto cuesta a veces ir por la vida con el alma libre, inconquistable!
    Aquí la escena donde encontré el poema, ese que llegó a mi vida para quedarse.

    La canción que lleva parte de este poema es «9000 years», del soundtrack de la película. Suena a victoria a esperanza y a nostalgia.

    Y pensar que esto era «apenas» una clase.

  • Un mes después

    Un mes después

    Ha pasado un mes desde que llegué a España.

    Ha sido un tiempo lleno de experiencias, aprendizajes y alegrías.

    Me ha venido bien cambiar de papeles. Dejar de ser servidora pública y volver a ser estudiante. Es como un baño refrescante.

    Uno de mis grandes miedos de empezar el master era retomar el papel de estudiante. Y aunque en un par de materias me cuesta mucho, en las otras me place serlo. Me motiva mucho la forma de ser de mis profesores, su conocimiento y su metodología de enseñanza.

    También siento arrepentimiento por aquellas horas de clase en la universidad, que nunca aproveché y que hoy me servirían tanto. En la última clase de Epidemiología aprendí a hacer una curva epidémica, cuando la vi, recordé que en el pregrado intentaron enseñarme eso y nunca lo aprendí, es más me quedé en supletorio de Salud Pública porque esa pregunta fue todo el examen y ahora que la volví a aprender, me juzgo un poco por no haberle dado más importancia.

    No recuerdo el inicio exacto de mi amor por los datos. Tampoco recuerdo cuándo empecé a soñar con que los datos son el futuro de la Salud Pública de mi país. Durante el tiempo que estuve trabajando como servidora pública, intenté varias veces mostrar la importancia de los datos más allá de tener un equipo de estadísticos recibiendo matrices en excel. No lo logré. Recuerdo también haberle contado sobre esto a algunos amigos, quizás ellos lo vieron un poco más. Aún me brillan los ojos cuando pienso en eso.

    Hace unos días mientras estaba en una de mis clases, sentí tanta felicidad que se me salieron un par de lágrimas. Llegó uno de los profesores invitados y empezó a hablar de la calidad de la investigación y la carga científica y un sin número de temas. Entonces mencionó dos temas que hace tiempo me tienen alucinando: eHealth y Open Data. En ese momento todo el cuerpo se me estremeció. Ahí estaba, un médico experto en investigación hablando de la importancia de la vinculación entre salud, datos y tecnología. Pensé en que he tenido que llegar hasta aquí para reconocer que no estoy loca, que aquello que he visto como sueño también lo han visto otros profesionales de la salud. ¡Que es posible! Y lloré unas lágrimas de felicidad.

    Aquí un poquito de Watson Health:

     

     

     

     

     

  • El inicio de un máster soñado

    El inicio de un máster soñado

    31 de diciembre de 2015

    Ese último día del año en el que piensas: ¿qué hice este año? ¿qué haré el siguiente?

    Me propuse estudiar, hacer ese máster que venía persiguiendo un tiempo atrás, solamente hasta estar segura de haberme enamorado de la Salud Pública.

    20 de mayo de 2016

    Qué oscura era esa noche.

    Cansada de la manera de hacer salud pública en el país. Aferrada a los sueños, como siempre.

    Empecé a llenar el formulario, con la poca esperanza que me quedaba en esos días. Diciéndome que no me aceptarían en la mente y con las manos tecleando fuertemente cada letra.

    22 de julio de 2016

    «Admitida».

    19 de septiembre de 2016

    Me embarqué en el que sería mi primer vuelo transatlántico. Abriendo las manos como para recibir lo que el destino me arrojara. Apretando un poco el alma por los que uno deja con la esperanza de volver a ver.

    Llegué a Madrid a encontrarme con la familia a la que no había visto hace muchos años. Disfruté un par de días con ellos y de ahí, a seguir el camino.

    23 de septiembre de 2016, Pamplona.

    Alejandra es mi amiga de la escuela, de la universidad, de la vida. Ximena, su hermana, me ha recibido en Pamplona y me ha hecho sentir como en casa, junto a su amiga Patricia.

    26 de septiembre de 2016

    El inicio del máster.

    De vuelta a las aulas. Las aulas de una universidad desconocida, de una ciudad desconocida, llena de compañeros, desconocidos.

    ¿Qué me anima? Lo mucho que esperé este momento. Ahí se van los miedos y las inseguridades. Ese sueño que se acaricia.

    Esta semana ha sido para sorprenderme y conmoverme.

    Qué distinta es la docencia cuando es la pasión la que la mueve. A los profesores les brillan los ojos cuando te cuentan los conocimientos que están dispuestos a compartir contigo. Quieren conocerte, que les cuentes porqué te has matriculado en un máster de salud pública.

    Gente con un perfil profesional envidiable. Con una experiencia en Salud Pública impresionante. Gente que está ahí porque lo ha escogido voluntariamente, no porque «era lo único que quedaba». Eso se nota y transmite e inspira tanto.

    Han proyectado una película en la clase de Epidemiología, para que veamos cómo se trabaja en equipo para descubrir cosas, como aquellos que descubrieron y vivieron la epidemia del sida, allá en los años 80.

    El profe de Bioestadística llegó y dijo: no quiero que se aprendan fórmulas. ¡Vamos a aprender a programar en R!

    Sigo ilusionada y sorprendida. Y agradecida por encontrar personas como Ximena y Patricia, que me han ayudado tanto este tiempo, con tanta paciencia y cariño.

    Y sigo abriendo las manos para recibir lo que la vida me depare. Incluyendo a mis primeras «castañas».

    castanas

  • Los imposibles del 2015

    Recibí este 2015 en casa, en mi ciudad, con la familia.

    Cada inicio de año ha significado para mi una nueva oportunidad. Imaginé que este año sería algo así como caminar por un camino trazado. Algo que cómodamente pudiera recorrer, sin más esfuerzo que caminar.

    Pero terminé descubriendo un camino, que fui abriendo poco a poco.

    Este año me aprendí. No sé si eso se lee o suena entendible.

    Me aprendí vulnerable e impotente. Me conocí débil y confundida. Descubrí lo que era sentirse vencida.

    Tal vez si hubiera un límite para soñar, no dolería encontrarse con la difícil realidad.

    Encontré mi sueño más grande desnudo frente a un mundo que se disfraza de bondad y de «ganas de ser mejor».

    Nadie me lo dijo, nadie me dijo que era tan difícil. Me dijeron que necesitaba estudiar, leer, admirar la cultura, conocer gente interesante, trabajar. Esos eran los requisitos para alcanzar el éxito.

    Bastante parecido a lo que le dijeron a aquel pequeño que dibujaba boas que se comían elefantes:

    «Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años abandoné una magnífica carrera de pintor […]

    Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo y la geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.»

    Pero yo quería construir, y para construir algo tan grande como mi sueño, necesitaba muchas manos. Encontré algunas que juntas lograron algo, algo que otras poco a poco fueron desgastando.

    Y un día descubrí que mis manos no construían más. Y renuncié a mi trabajo. Con el temor también de haber renunciado a mis sueños.

    Volví a casa, perdida un poco, vencida más.

    Y una llamada telefónica me trajo de regreso, a un nuevo reto.

    Dudé un poco, luego dudé menos. Después de todo los sueños son como el amor, irrenunciables.

    Y con el inicio del nuevo reto, me descubrí de nuevo.

    Más fuerte ante la adversidad. Más firme ante ese mundo con disfraz. Quizá un poco más valiente.

    Me he aprendido como líder de un grupo maravilloso y diverso de personas que terminan todos los días enseñándome algo nuevo. He descubierto su carácter, su firmeza al tomar decisiones. Su potencial de construir algo mejor.

    Me he descubierto firme en mis conocimientos y criterios. Y en mis principios, lo que termina doliendo algunas veces, especialmente cuando toca nadar contra la corriente.

    He hecho una presentación ante una Ministra de Salud a la que admiro muchísimo (Carina Vance), y salió bien, porque creí. Creí en lo que decía, en lo que sentía y en el trabajo hecho.

    Y aunque a veces me duele y lloro. Aunque otras pierdo la esperanza y la valentía de luchar por aquello que resulta imposible. Y otras tantas veces me miro al espejo y me digo «es imposible». Otras recuerdo el camino recorrido hasta aquí. Y entonces vuelvo a creer que es posible.

    Así que este año que viene, será también de lo imposible, «porque de lo posible se sabe demasiado».

    Esta noche también la paso en casa y con la familia. Esta familia nueva que me ha regalado este año. La Suca que es la hermana de otra madre de mi hermano, mi hermano y yo. Y la tarde la pasé con la otra nueva familia, la familia laboral.

     

  • Detener el tiempo en medio de un abrazo

    Detener el tiempo en medio de un abrazo

    Se detuvo al verme, me sonrió y me dijo: ¿cómo va esa medicina?.

    No olvidaré nunca ese momento. No sé cuántos rectores de una universidad se detienen ante un alumno y le preguntan algo relacionado a su carrera profesional. ¿Quién se acordaría siquiera lo que cada persona estudia?.

    Pero él nunca fue un ser humano común y corriente.

    Aquel día tal vez fue el inicio de una amistad que extrañamente fue creciendo en la distancia. Él y yo nunca antes nos volvimos a encontrar ni a cruzar palabras. Solamente las bondades de la tecnología me acercaron a él. Desde ahí nos hemos dedicado a abonar esa amistad.

    Yo digo que fueron los sueños los que unieron nuestros caminos. Él soñó la escuela de medicina en la que yo hice realidad mi sueño de ser médico. Ese fue el inicio. Después presentó mi libro desde Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Y seguimos, seguimos haciendo ese camino.

    Llevaba años acumulando los abrazos que tenían su nombre. Imaginaba aquel nuevo encuentro, ya no en la universidad sino en cualquier lugar del mundo. Y solamente hasta hace unos pocos días pude sentir lo que es ser dueña del tiempo. Hasta hace poco sentí el poder de detener el tiempo en medio de un abrazo.

    Lo abracé por todo lo que gracias a él he aprendido. Lo abracé porque había esperado ese abrazo tantas veces. Y lo abracé porque necesitaba un poco de esa locura por los sueños para seguir adelante.

    Qué indescriptible ha sido volver a verte Luis Miguel y ver que la vida ha seguido su curso y nos ha dejado cada cosa como enseñanza. Que maravilloso poder brindar por todo lo construido y por lo que queda aún por hacer.

    Qué bueno ha sido hacer realidad aquello que alguna vez me escribiste por correo cuando imaginábamos el encuentro

    «También yo digo lo que tú dices, cuánto me hubiera gustado trabajar contigo, hacer proyectos juntos… En fin, tendremos que hacerlo a la distancia, hasta que algún día te encuentre por algún campus y me detenga a hablar contigo por el camino, y ya habrá entonces cien sueños en marcha, y a lo mejor no te imaginarás lo que eso significará para mí, porque será expresión de la profecía que un día me dijo nuestro Padre Fundador: «tu sigue educando a esos jóvenes, que un día serán profesores, serán profesionales, y la cosa sigue… «, y lo dijo así «y la cosa sigue…», intencionalmente sin acabar la frase, místicamente abierta».

     Y es verdad Luis Miguel. «La cosa sigue…»

  • #ruraleando en el TEDxQuito 2015

    #ruraleando en el TEDxQuito 2015

    La primera vez que escuché una charla TED, era el Discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford, y se convirtió en uno de los discursos más inspiradores en mi vida.

    Poco a poco fui descubriendo nuevas charlas y me emocionaba ese concepto de Ideas worth spreading.

    Hace varios meses, le comentaba a mamá sobre las charlas TED y sus eventos independientes TEDx. Y mientras se lo contaba, emocionada, le dije: un día daré una charla TED.

    Seguí mi vida normal, sin imaginar que aquello que le había asegurado a mamá, estaba más cerca de lo que jamás imaginé.

    Iván es el ejemplo perfecto de aquel desconocido que se vuelve conocido porque coincidimos en alguna red social. No pasó mucho tiempo para que de conocido pase a asumir la responsabilidad de convertirse en mi amigo. Esa amistad permitió que compartiéramos muchas historias, entre ellas, aquellas que quedaron grabadas en #ruraleando.

    Para enero de este año escribió esto:

    Le respondí con ilusión y alegría:

    Los meses pasaron sin siquiera regalarnos una pequeña pista de que aquel twit de Iván, se haría realidad.

    Se enteró que TEDxQuito permitía para el evento del 2015, postular a un speaker. Y primero me lo comunicó. Yo leí cada uno de sus mensajes en facebook y twitter, pero no le respondí. Mi miedo al rechazo no me permitía pensar que #ruraleando podría ser escogido para una charla TEDx.

    Ivan TEDxQuito

    Pero Iván no descansó, así que decidió postularme. Me escribió para decirme «ya estás postulada, beibi».

    El 14 de abril de 2015, recibí un correo que decía:

    Estimada Denisse,

    Tu nombre ha sido propuesto como posible speaker de TEDxQuito 2015 y has sido pre-seleccionada entre los postulantes para dar una charla en TEDxQuito.

    Hemos tenido un gran número de ideas y proyectos innovadores para ser considerados y serán seleccionados 2 para dar una charla en nuestro evento principal. Por esta razón te convocamos a una reunión de 30 minutos para que nos cuentes más a detalle tu idea…»

    Iván fue una de las primeras personas en enterarse que #ruraleando sería parte del #TEDxQuito 2015.

    Entre curadurías y reuniones, descubrí lo emocionante de prepararme para un evento tan importante.

    Contar una historia, mi historia. Hablar de los inicios de aquel sueño de ser médico y llegar a #ruraleando como uno de los frutos de la perseverancia por hacer aquel sueño realidad.

    #TEDxQuito 2015 me regaló la alegría de conocer gente maravillosa. Verónica y Renato que son los organizadores, se encargaron que nos sintiéramos siempre cómodos, que nos hiciéramos amigos, que compartiéramos nuestras historias. Que seamos como una familia.

    Conocer la historia de todos me llenó de alegría. Cada uno es un mundo diferente. Todos con sus sueños como motor para seguir adelante.

    Carlos Grijalva y Alex Alvear me conmovieron. Ese amor por la música ecuatoriana y la lucha por mantenerla viva. Si antes ya la música ecuatoriana me gustaba, después de ellos, me he enamorado de ese amor que ellos dos supieron transmitirme a través de su arte.

    ¡Manari es maravilloso!. Su paz, su calma al hablar. Sus raíces arraigadas a pesar de que el tiempo ha pasado como huracán, intentando arrancarlas. Ahí está él, hablando de los sueños, de la naturaleza, de su comunidad.

    Javier Cevallos, lo conocí la tarde previa al evento. Y mientras contaba su historia a manera de repaso, me sacudió el alma. Javier es transparente, libre, liviano.

    Santiago Peralta y Carla, fundadores de Pacari, siempre están riendo. Imagino que es por las endorfinas del chocolate. La historia de Pacari me devolvió la esperanza por construir un mundo mejor, para todos.

    Javier Chicaiza y Santiago Mosquera de Teebot, intentando inspirar a los niños con la robótica y construyendo.

    Samantha Arévalo es olímpicamente dulce. Es tan joven y sin embargo ha trazado un gran camino y mira hacia el futuro con la misma ilusión y esperanza que todos. Su sencillez y alegría son evidentes a metros de distancia.

    Oscar Vela y Eduardo Villacís, llenos de imaginación convertida en arte.

    Monserrath Astudillo regalando risas con su embarazo a término.

    Gracias a Iván por empujarme a este momento tan hermoso de mi vida. No solamente porque #ruraleando es parte de una charla TEDx sino porque la experiencia ha sido gratificante.

    Presentar la Segunda Edición de #ruraleando libro en sus formatos ePub y mobi, en el TEDxQuito, fue un regalo adicional. Fue inolvidable.

    Hace poco una persona a la que quiero y admiro mucho me preguntó: ¿Qué te dejó el TEDxQuito?. Al responderle, sentí una mezcla de ideas y sentimientos. Me limité a decirle que lo que me dejó fue el compromiso. Compromiso de que esto sea el inicio, de seguir escalando, construyendo, soñando. Sé que aún hay mucho por hacer y esa es ahora mi inspiración, la de seguir haciendo camino.

    Aquí el video de #ruraleando en el TEDxQuito 2015:

  • ¡No voy a renunciar!

    «Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
    guardé silencio,
    porque yo no era comunista.
    Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
    guardé silencio,
    porque yo no era socialdemócrata.
    Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
    no protesté,
    porque yo no era sindicalista.
    Cuando vinieron a por los judíos,
    no pronuncié palabra,
    porque yo no era judío.
    Cuando finalmente vinieron a por mí,
    no había nadie más que pudiera protestar.»

    Martin Niemöller

    Tal vez es el silencio el problema, no porque lo causan otros sino porque cada uno se amordaza algunas veces. Tal vez porque ese silencio llega a ser un plazo, un plazo que le damos a la vida para que nos demuestre que todo puede ser diferente.

    Así las ilusiones se vuelven silencio y así el silencio poco a poco mata la esperanza de días mejores.

    Hace algunos meses atrás me he callado, por voluntad propia, nadie me lo ha pedido. He escuchado claro y fuerte, pero me he callado, imaginando que tal vez todo pueda cambiar, ser diferente.

    La primera vez que escuché «el que no está de acuerdo con este proceso de revolución, que renuncie», estaba en una reunión. Me retorció el alma, me reí y me callé.

    La segunda vez fue más dolorosa y triste. La rutina diaria hace que mientras trabajas, sientas afinidad por ciertas personas, con las que compartes muchas cosas. Bien dicen que de política no se debe hablar, por la polémica que genera. Pero ahí estaba esa frase nuevamente, llevaba mi nombre al inicio y con un tono más elevado que el de costumbre «Denisse, tú eres servidora pública y trabajas para este gobierno. Si no te gusta, ¿por qué no renuncias?».

    Nunca antes sentí que me escupieran con palabras. Varias veces he sentido indignación en mi trabajo (por varias razones), pero aquella tarde me marcó para siempre.

    Recuerdo haberle respondido lo siguiente:

    1.  ¿Eso quiere decir que cuando venga otro gobierno que no sea de tu ideología, tú pondrás tu renuncia?
    2. Yo no trabajo para el gobierno, trabajo para el Estado. Porque la gente que aún se nos muere en hospitales y centros de salud, seguirá necesitándonos independientemente de quién esté en el gobierno.
    3. Gente como tú ha convertido el Sector Público en una vergüenza.

    Para aquel momento yo ya había cumplido mi primer año como Servidora Pública (Analista de Provisión y Calidad de los Servicios de Salud). Llevaba encima mi año como médico rural y uno adicional, los dos años con el sueño de construir diariamente un mejor sistema de salud.

    Yo ni siquiera pensaba en la Salud Pública como una opción en mi vida. Pero me puse la camiseta de la institución y empecé. Jamás pensé en el gobierno para tomar mi decisión. Pensé en el Sistema de Salud, pensaba en el reto de construir y en los recuerdos de aquel año rural que podrían inspirarme a no desistir.

    La tercera invitación a la renuncia de los servidores públicos en contra del gobierno, la he leído. Con esto de que el internet es un derecho humano y las redes sociales replicando cada cosa. La leo en cuentas de desconocidos, de conocidos y de amigos.

    Recuerdo aquel momento en el que invitaban a «alinearse» y a tener «lealtad institucional». Me pregunté si lo había hecho, entonces busqué hasta encontrar que nunca estuve tan alineada ni fui tan leal:

    Valores

    • Respeto.- Entendemos que todas las personas son iguales y merecen el mejor servicio, por lo que nos comprometemos a respetar su dignidad y a atender sus necesidades teniendo en cuenta, en todo momento, sus derechos
    • Inclusión.- Reconocemos que los grupos sociales son distintos y valoramos sus diferencias
    • Vocación de servicio.- Nuestra labor diaria lo hacemos con pasión
    • Compromiso.- Nos comprometemos a que nuestras capacidades cumplan con todo aquello que se nos ha confiado
    • Integridad.- Tenemos la capacidad para decidir responsablemente sobre nuestro comportamiento”
    • Justicia.- Creemos que todas las personas tienen las mismas oportunidades y trabajamos para ello
    • Lealtad.- Confianza y defensa de los valores, principios y objetivos de la entidad, garantizando los derechos individuales y colectivos.

    Ministerio de Salud Pública del Ecuador

    ¡No «compas», no voy a marchas!. Ni a las del oficialismo ni a las de la oposición. He sido muy clara con respecto a mi posición política, ¡soy apartidista!.

    No me mueven ni el sueldo, ni los viáticos ni el poder.

    Me mueve la necesidad de construir algo mejor. Me mueve la ilusión de un sistema de salud ordenado y con visión a largo plazo. Me mueven los profesionales rurales que encuentro en los centros de salud más chiquitos de mi zona. Me mueven Israel y Germán que en Isla Floreana de Galápagos, han creado un proyecto (Medicina es amor) y regalan abrazos junto a los niños en el puerto (y tantas cosas más). Me mueve Conrad que le pide a su papá los carros para abarcar todo el territorio cuando estamos en campaña de vacunación. María José y Oscar que son esposos y se pasean con los termos de vacunas por carreteras llenas de polvo, y sonríen. Odontólogos que donan sillones a sus centros de salud. Diego que me envía su tema de tesis, intentando proponer algo nuevo para el sistema. Erika que se conoce toda La Clementina. Cristina y Jonathan que luchan por hacer las cosas de manera correcta. José que conoce a su población y la recita mientras estamos en supervisión.

    ¡Por ellos no renuncio!. Porque ellos me inspiran a seguir. No renuncio porque detrás de ellos vienen otros, llenos de ilusiones y de ideas que intentan mejorar, no solamente el sistema de salud sino la calidad de vida de la gente común y corriente.

    ¡No voy a renunciar!. Porque los sueños solamente crecen pero los gobiernos cambian todo el tiempo.