Eran las cuatro de la mañana para cuando sonó mi celular… Lo sabía! Sabía lo que eso significaba, sabía que la muerte me había ganado la carrera… Sabía que al contestar el teléfono mi mami diría lo que dijo «la abuelita acaba de morir, se ha ido» … Yo recién llegaba a Cuenca…
Todo el tiempo de viaje venía pensando en lo que pasaría en esas horas… Pero sobre todo sabia que en un momento de esa larga noche el corazón de la abuela se cansaría de latir y ese sería el final… A veces ser médico te ayuda a pintar un panorama que no te gusta, que te duele… pero que existe…
Mi papá fue a recogerme en el terminal y empezamos el viaje a Loxa, mientras tanto mi mami estaba con mi primo en ese momento tan triste… El viaje era oscuro como lo es la muerte y la misma previa al amanecer… Conversamos bastante, papá y la abue siempre se salieron de ese típico prototipo de relación entre suegra y yerno… Para mi papi su suegra era como una madre (hasta cocinaban juntos) y para mi abuela era un hijo… Papá me contaba cosas de los últimos días de la abuela, estaba tan triste que se le iban las lágrimas y la voz se le cortaba… «Chao yerno querido» eso había sido lo último que escuchó de la viejita.
Llegué a Loxa y a casa (ojalá y otras hubieran sido las circunstancias) y busqué a mi mami… La encontré sentada en la silla del cuarto de la abuelita, llorando desconsolada, diciendo «te fuiste mi viejita, te fuiste mamita» y el alma se me desgarraba y se me caía como las lágrimas en los ojos… La abracé… y la traje a la sala.
Mucha gente empezó a llegar y ayudarnos con los trámites y cosas… Yo tenía que escribir el parte en el que se cuenta a todos que alguien ha muerto… Que raro es ver todos los días a la muerte y a la vez cuando golpea tan cerca no puedes asimilarlo.
Todo estaba listo para irnos a Sacapalca y cumplir el deseo de la abuela de ser enterrada junto a mi abuelo…
Tantos años habían pasado desde la última vez que recorrí esa carretera…
Sacapalca ya sin el abuelo duele mucho, muchísimo… Y duele más porque en ese lugar también murió mi hermano un dos de mayo… Y ahora llevábamos a la abuela… Era demasiado dolor, era demasiado!
La gente llegaba con flores y abrazos… Con palabras de ánimo y fortaleza que son como una gota de anestesia en una herida de diez centímetros… Pero ahí estaban… Estaban como estuvieron también en los buenos momentos.
Las horas se iban entre el calor intenso de un pueblo que pide a gritos un poco de atención… de inspiración… de chispa de vida…
Volví a la casa de mis abuelos y que está llena de aromas que traen recuerdos e historias y tomé una foto del atardecer de un dos de mayo que en casa duele hace 27 años y que ahora duele el doble porque nos recuerda la partida de mi hermano y de la abuela…
Las horas pasaban, el cansancio nos ganaba a todos, y la jornada aun era larga… Así que unas horas de sueño en la casa de uno de los grandes amigos para encontrarnos de frente con el siguiente día.


