La primera vez que tuve que pincharle una vena a alguien, fue en la típica clase en la que un profe intenta enseñarte a extraer una muestra de sangre, creo que estaba en quinto ciclo de medicina y sinceramente quien termino empujando mi mano para que la aguja entre en la vena fue justamente mi profe porque a mi me temblaba hasta la imaginación.
Años después me enfrentaría a una realidad distinta a mis años de estudio previos, porque ya estaba en el internado y descubrí que parte de mi trabajo era sacarle muestras de sangre a las veinti tantas adolescentes de la «Maternidad Isidro Ayora» entonces sudaba solo al imaginar cómo rayos lograría hacerlo y bueno… como en muchas situaciones en mi carrera, te lanzas al estrellato o te estrellas…
Y pues no me estrellé pero al inicio si que me asusté!
Todo esto nada más para contarles que hoy después de varios meses, pinché las venas de dos pacientes para inyectarles medicación para sus dolores… Y ya no sufrí y no les dolió… Y me sentí orgullosa de todo aquello que durante años de formación profesional fui aprendiendo, incluyendo cómo pinchar venas…
Horas después, casi al medio día llega una emergencia, un enano de tres años con una herida en la frente… Y claro el pobre estaba asustado, con dolor y evidentemente necesitaba una sutura, lo que le daba trabajo a la futura cirujana Niche, así que bueno, el procedimiento de siempre: hacer tamal al paciente, limpiar, infiltrar y suturar… Pero el último procedimiento fue bien complicado porque el pequeñín se movía y gritaba y lloraba… A la final cuatro puntos unieron los dos extremos de la herida y pudo volver a casa con medicamentos para evitar la infección y el dolor.
No se necesita mucho para ser feliz, talvez no requiero mucho para serlo, y gran parte de mi felicidad de este día se resume en la tranquilidad con la que todos mis pacientes salen del Subcentro de Patatús.



