«Si puedes curar, cura. Si no puedes curar, alivia. Si no puedes aliviar, consuela».
Ese fue el mensaje que nos regaló el día que finalizamos nuestro internado.
Pero ese no fue su único regalo, y tampoco fue el primero. Ya hace mucho tiempo atrás su ejemplo fue lo más valioso que recibí de él.
Pasaba visita a sus pacientes dos veces al día, muy temprano en la mañana y por la noche. Llegaba siempre a emergencia cuando lo llamábamos.
Un domingo lo sacamos de «la Casa Blanca», era una emergencia. Llegó luciendo la camiseta de su equipo favorito «la Liga», fue la única vez que intenté no darle un abrazo al momento de saludarlo, le dije que si lo hacía yo tendría una reacción alérgica. Nos abrazamos y fuimos a buscar al paciente.
Así lo conocí, buscando a sus pacientes. Persiguiéndolo por los pasillos de hospitalización. «Ayudándole» en emergencia.
Jamás olvidaré aquella vez que fuimos a visitar a uno de todos aquellos pacientes a los que les quitó el dolor. Una vez que le preguntó cómo se sentía, le pidió a los familiares del paciente que se acerquen porque iba a explicarles lo que hicieron en la cirugía. Sacó un iPad y empezó a dibujar el procedimiento.
Él no sabía eso, no sabía que yo lo valoraba y admiraba por esos detalles más que por su fama y prestigio, que yo sabía que él tenía.
Aprendí de él mucho, aprendí aquello que ni los libros más famosos de cirugía dicen. Aprendí de su ejemplo y su compromiso permanente asumido con su profesión.
Vi en él a ese maestro y guía. En aquellos días donde mi sueño era ser cirujana, veía en él lo que quería hacer y ser.
Nos convertimos en grandes amigos.
Pasaron los años y aunque yo había descubierto mi amor por la Salud Pública, no tenía el valor de decirle que ya no sería parte de sus afortunados discípulos. Una tarde le escribí para saber si podía visitarlo y conversar. Pasé por el consultorio y fuimos a tomar un café del otro lado de la calle. Le conté que apliqué a un master en Salud Pública, y me felicitó. Y al final, fue él quien me dijo: ya no quieres ser cirujana, ¿no?. Ya te enamoraste de la Salud Pública. Sentí que me quitaba un peso de encima cuando se lo pude decir. Y me dijo: no importa lo que quieras hacer. Si es Salud Pública, lo que importa es que seas la mejor.
Después de hablar de su familia y la mía, de su trabajo y el mío, pregunté lo que le preguntaba siempre después de mi internado, ¿cómo va lo del juicio?. Me miró y me dijo, seguimos luchando Niche, seguimos luchando. Le pregunté si tenía miedo y me dijo que no, porque era inocente. Y siguió diciendo: no dejaré que una injusticia me robe mi felicidad, mi trabajo, mi vida.
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Pero el 12 de enero de 2017, escribió:
En este momento me acaban de detener por el caso Mazoyer! Perdí mi libertad por tratar de salvar una vida! Debe ser esto lo que llaman justicia en mi país
Y ese día perdió la libertad aquel que me enseñó a ser mejor médico, y que me lo enseñó con su ejemplo y dedicación. Pero eso no importa en los juzgados, no cuando la justicia deja de ser garantía. Ni las vidas salvadas, ni los testimonios, ni las mismas pruebas que refutan el motivo de sentencia.
¡Perdemos todos, pero más él! Porque mientras yo escribo esto que él ya no lee, él… ¿qué será de él?


























