“Esto será un mal recuerdo”

Gilson tenía 14 años y leucemia. Yo tenía aproximadamente tres semanas como interna rotativa en el servicio de Onco-Hematología.

Gilson estaba en la segunda cama del último cuarto del pasillo, a la derecha. Yo recorría ese lugar todos los días y varias veces. Mientras él se quedaba ahí en el cuarto conectado a máquinas que le pasaban la medicación.

Todas las mañanas de mis turnos eran una tortura para él. En mi caso era dolor lo que sentía cuando llegaba a eso de las seis y media de la mañana y mientras él dormía plácidamente soñando talvez en que es libre de médicos y enfermeras y de una interna alta que lo despierta con susurros y le pide por favor que le preste un momento su brazo para medir sus signos vitales o sacarle sangre para los exámenes de laboratorio.

Pero él se despertaba cuando le susurraba eso, eso de “¿me prestas un ratito tu brazo por favor?”. Y entonces él empezaba a llorar de enojo y de impotencia. Me quitaba el brazo derecho (recuerdo cada movimiento), me decía “ya no quiero más. Déjeme”. Yo respiraba profundo y le decía: Gilson mírame un momento. Un día esto será nada más que un feo recuerdo. Entonces me daba su brazo.

Los días pasaban y poco a poco Gilson era menos reacio a verme. Creo que era porque veía que su padre y yo nos llevábamos bastante bien y conversábamos y nos hacíamos bromas. Nos encontrábamos por el hospital y me contaba todo lo que había tenido que pasar. “He vendido mis vacas para que él pueda tener un tratamiento. No importa lo que tenga que hacer”. Recuerdo que una tarde el señor se acercó y me preguntó si había almorzado, le respondí que no y me dijo “mejor porque aquí le traje unas galletitas”.

Al terminar mi rotación en Onco-Hematología decidí a pesar de mi escasa destreza en las manualidades hacerles un regalo chiquito. Constaba de una esquela en forma de estrella con el nombre de cada uno de mis pequeños y en el margen otras estrellas azules. Me despedía de cada uno de ellos regalándoles eso y dejándoles un beso. Pero ese día Gilson ya no estaba porque se había ido con el alta a casa. Guardé su estrella y la pegué en el armario de mi cuarto.

Semanas después encontré al papá de Gilson y le pregunté qué pasaba. Gilson tenía una recaída. Fui a verlo y me dijo que le dolían las piernas. Le dije que todo estaría bien.

Yo pasaba por ahí todos los días antes de las ocho de la mañana y después de las dos de la tarde. Una semana después encuentro al papá de Gilson y le pregunto por él y me dice “Está mal. Me lo voy a llevar.” Le pregunto si pidió el alta entonces me dice que no dio autorización para que lo lleven a Terapia Intensiva y continúa con esta frase que se quedó para siempre “quiero que se despida de los hermanos”.

“Doctorita el Gilson está bien mal. Como padre he hecho todo. Eso me queda”.

Subí los seis pisos del hospital más rápido que nunca. Fui a verlo. Ahí estaba lleno de monitores y mangueras, una mascarilla para recibir oxígeno. Sin camiseta. Podía ver lo rápido que respiraba.

Dicen que no es bueno que un estudiante o médico llore con el paciente. Yo lloré porque Gilson no era simplemente mi paciente. Él era esa promesa de que todo lo que pasó “sería un día un mal recuerdo”. Recuerdo que lloraba tanto que mis lágrimas caían sobre su pecho. Entonces abrió los ojos y me miró y me dijo “¡es usted!. No sabía que era usted”.  Le pregunté si le dolía y me dijo que no. Luego me dijo “allá donde me voy van a estar todos mis tíos y mi familia”. Ellos lo esperaban en casa. Tenía que viajar 6 horas en ambulancia hasta un lugar del oriente de este país.

Minutos después llegó su mamá (no la había visto antes) y me dijo “es usted la doctora por la que preguntaba mi hijo. Pidió verla”. Yo acariciaba a Gilson y lloraba. Entonces me pide que por favor le diga a su mamá que le deje poner el pantalón que él quería y podía ponerse. La madre accede.

Le tomé la mano y nos apretamos con fuerza. Talvez porque sería la última vez que nos tocaríamos. Ya no me pedía que lo deje sino me apretaba la mano con cariño y dulzura. Sabía que me iba pero a pesar de eso me lo preguntó. Le respondí que sí. Le lleno los churos de su cabeza de lágrimas y besos y me despido. Me dice “que le vaya bien”.

“Que Dios te bendiga Gilson” fue lo último que le dije. Abracé a su madre y me fui agarrando de cada pared que pude para sostenerme mientras me moría por dentro y me ahogaba en llanto.

Supe con el tiempo que llegó a casa, se despidió de todos y sonrió muchas veces antes de cerrar sus ojos para siempre.

Era febrero del 2012.

Hoy que es el día mundial de la lucha contra el cáncer quisiera decirle a Gilson que su estrella sigue en el baúl de mis recuerdos. Pero que él vive en mi para siempre.